Es la escena de bienvenida más antigua y tierna del mundo canino: giras la llave en la cerradura, y al otro lado de la puerta, una explosión de alegría te espera. Tu perro, convertido en un proyectil peludo, salta, gime y se abalanza sobre ti en un éxtasis de afecto desbordado. Aunque el corazón se nos derrita ante tanta devoción, esta efusiva bienvenida, tan divertida en el campo, puede ser un riesgo en la vida doméstica, especialmente si en casa hay niños pequeños o personas mayores. Demasiada emoción puede convertirse en un tropezón o un accidente.
Ante este problema, la reacción instintiva de muchos dueños es gritar un «¡abajo!» rotundo o, peor aún, ignorar al animal por completo. El instinto nos dice que debemos castigar el salto o retirar la atención, pero Juan Manuel Liquindoli, un especialista en comportamiento animal, nos advierte que estas tácticas están obsoletas. Retar al perro solo genera estrés y frustración; ignorarlo por completo, cuando su único deseo es saludar, puede incrementar su ansiedad. Ambas estrategias suelen fallar porque, de alguna manera, el perro percibe una reacción, lo que paradójicamente puede reforzar el hábito que buscamos corregir.
Liquindoli propone una filosofía mucho más serena y efectiva: en lugar de castigar el salto, debemos recompensar la calma. La clave, nos explica, no es prohibir la emoción natural del perro, sino redirigirla a una conducta de saludo adecuada. Se trata de enseñarle al perro que la atención que tanto desea se gana, no se exige.
Cuando llegas a casa, en lugar de ignorarlo, mantente tranquilo. Si el perro salta, no grites ni lo apartes con brusquedad. Simplemente, detente. Espera a que el perro retire sus patas del cuerpo por un instante. En ese preciso momento de calma, señala un lugar, como su alfombra o un sillón designado, y acarícialo ahí brevemente. Retiras la caricia y vuelves a reforzar. El perro es un ser que aprende por las consecuencias de sus actos: si salta, la recompensa (tu atención) desaparece; si espera o se dirige al lugar que le has enseñado, la obtiene inmediatamente.
La paciencia y la consistencia son los cimientos de esta técnica, especialmente en las primeras semanas, cuando la ansiedad de tu compañero es máxima. Al principio, la recompensa debe ser rápida: apenas se sube al sillón, el premio (la caricia) aparece. Con el tiempo, se empieza a alargar la espera. En vez de premiar a los dos segundos, esperas cinco, luego diez, y así sucesivamente. De esta manera, el perro aprende a regular su excitación y entiende que la mejor manera de recibir a su familia es con tranquilidad y en un lugar específico. Es un pacto de respeto mutuo: el perro aprende a controlar su euforia, y tú le das lo que más quiere, pero bajo tus términos de calma y seguridad para todos.





