La vieja gasolinera, bajo un cielo que no terminaba de decidir si llover o no, parecía un monumento a una era que se resistía a desaparecer. Junto a los surtidores, el rugido familiar de un motor de gasolina al arrancar sonaba potente, visceral, pero para el físico alemán Johannes Kückens, ese sonido era también el eco de una ineficiencia monumental. En la mente de Kückens, la discusión sobre el futuro del transporte no era una cuestión de gusto o política, sino de física dura, implacable, dictada por las leyes fundamentales del universo.
Mientras en los pasillos de Bruselas y en las sedes de gigantes automotrices como Toyota se debatían acaloradamente las prohibiciones y los riesgos económicos de la electrificación, Kückens se concentraba en la verdad que subyace a todo movimiento: la energía.
Su argumento central era un golpe de gracia contra el mito de la «eficiencia» de los motores tradicionales. El motor de combustión, ya sea diésel o gasolina, se rige sin excepción por la segunda ley de la termodinámica. Esta ley es una juez estricta. Establece que al convertir calor en movimiento, una parte sustancial de esa energía se perderá irremediablemente como calor residual, evaporándose en el aire caliente que se siente al lado de un tubo de escape.
En condiciones de funcionamiento óptimas, un motor moderno apenas logra una eficiencia útil máxima del 25 por ciento. El 75 por ciento restante, la mayor parte de la energía de cada gota de combustible, es calor desperdiciado. Kückens, con la frialdad de los números, afirmaba que, a pesar de un siglo de ingeniería brillante, un motor de combustión «nunca alcanzará» una eficiencia cercana al 80 o 90 por ciento. El límite físico está, según él, cerca del 45 por ciento.
Frente a esta barrera termodinámica se alza el motor eléctrico.
«Existen motores con una eficiencia superior al 90 por ciento. Son motores eléctricos», declaró el físico. La superioridad de la tecnología eléctrica radica en su diseño inherentemente más simple y directo, que minimiza las pérdidas. Pero la historia no termina ahí, ni siquiera al considerar los combustibles sintéticos (e-fuels), que muchos ven como el salvavidas de la era de la combustión.
Kückens desenmascaró esta alternativa como un círculo vicioso de ineficiencia. La producción de estos combustibles, neutros en carbono, es tan compleja que solo retiene la mitad de la energía eléctrica renovable invertida inicialmente. Y luego, ese combustible ya debilitado se quema en un motor de combustión, que, como ya se sabe, desperdicia la mayor parte.
La conclusión es devastadora para el motor de explosión: con la misma cantidad de electricidad limpia, un coche eléctrico puede recorrer seis veces más distancia que su homólogo alimentado por combustibles sintéticos. En el uso real, teniendo en cuenta todas las pérdidas, el vehículo eléctrico logra una eficiencia de uso de energía de alrededor del 70 por ciento. La brecha es abismal, un abismo de seis a uno. La elección, para Kückens, trasciende la política y se convierte en la única respuesta lógica ante la física: el camino más eficiente, limpio y mecánicamente superior.





