Hay un ideal de civilidad que, en la imaginación colectiva, siempre apunta hacia el Este. Hablamos de Japón, la tierra conocida no solo por su tecnología, sino por un respeto casi sagrado por el orden y la limpieza, donde la suciedad urbana es una anomalía, no una norma. En contraste, las grandes metrópolis brasileñas a menudo luchan contra el recurrente problema de la gestión de residuos, una batalla constante contra la basura en las calles.
Sin embargo, en el corazón del sur de Brasil, en la región norte de Rio Grande do Sul, existe un pequeño enclave que ha decidido desafiar este estigma. Se llama Marau, y es una ciudad que, para quien la visita, evoca inmediatamente esa sensación de orden y respeto que se atribuye a las calles de Tokio.
El gancho de Marau no es la samba ni el carnaval, sino una asombrosa y cotidiana pulcritud. No es una exageración: la ciudad ha sido reconocida como un verdadero referente nacional, ocupando el primer lugar en gestión de residuos sólidos en un índice que evalúa la sostenibilidad de la limpieza urbana en todo el país. Es un logro que la convierte en un faro de ejemplo para el resto de la nación.
¿Cuál es el secreto de esta pequeña ciudad? No se trata solo de tener más camiones o más personal, sino de una profunda reingeniería de la voluntad cívica y la gestión municipal. El alcalde, Iura Kurtz, lo ha resumido en una combinación de planificación y conciencia ciudadana. Al asumir el cargo, el gobierno local se enfocó en reajustar los contratos de recolección de basura, logrando una hazaña digna de admiración: reducir los costos y, al mismo tiempo, aumentar la eficiencia del servicio.
Pero la parte más crucial del éxito reside en sus habitantes. Los residentes de Marau han abrazado la causa, volviéndose cada vez más conscientes de la importancia de recolectar y separar sus residuos. La limpieza de las calles no es solo una responsabilidad del ayuntamiento, sino un valor compartido que se respeta en cada acera y cada plaza. El resultado es un espacio urbano donde caminar es un placer, un lugar que parece haber absorbido esa ética japonesa de civismo silencioso.
Marau, con su impresionante puntuación de 0,827 en el Índice de Sostenibilidad, se sienta a la cabeza de una pequeña lista de municipios que demuestran que la excelencia en la limpieza urbana es posible en Brasil. Esta ciudad ha probado que la conciencia ambiental, sumada a una gestión inteligente que optimiza recursos, puede transformar la calidad de vida. No es un sueño lejano; es una realidad palpable en el sur, un oasis que recuerda a sus visitantes que la pulcritud no es una cuestión de geografía, sino de compromiso colectivo.





