El sonido de la tierra golpeando la tapa de madera suele marcar el final definitivo de una biografía, pero para Michael Meaney, aquel ruido sordo y terrorífico fue apenas el comienzo de su capítulo más extraño. Era una tarde gris de febrero de 1968 en Kilburn, un rincón de Londres que latía con sangre irlandesa, cuando este obrero desempleado decidió que la única forma de salir de la miseria era descendiendo voluntariamente hacia la oscuridad.
No buscaba la muerte, sino una resurrección financiera. Meaney bajó al ataúd con la promesa de convertirse en una leyenda y, sobre todo, en un hombre rico, impulsado por una bravuconada de bar que se le había ido de las manos y la necesidad imperiosa de alimentar a su familia.
Lo que siguió fue una tortura autoinfligida que duró sesenta y un días. El ataúd, una caja reforzada donde el movimiento era una quimera, se convirtió en su universo comprimido. Su conexión con el mundo de los vivos se reducía a dos tubos precarios que atravesaban la tierra: uno para que entrara el aire viciado y otro para recibir comida enlatada, agua y cigarrillos.
La dignidad humana quedó suspendida en la superficie, pues allí abajo, en la penumbra perpetua iluminada por una bombilla anémica, Meaney debía hacer sus necesidades en un balde y luchar contra los demonios de la claustrofobia. Mientras arriba los curiosos apostaban y bebían pintas en su honor, abajo el tiempo se desdibujaba entre pesadillas y el miedo atroz a que la estructura cediera o, peor aún, a que se olvidaran de él.
La prensa bautizó aquella locura como la guerra de los ataúdes, enfrentando a Meaney a la distancia con un estadounidense que intentaba romper el mismo récord. Esa competencia invisible fue lo único que mantuvo cuerdo al irlandés en sus momentos de mayor fragilidad. Se aferraba a la idea de que, al volver a ver el sol, su vida de privaciones habría terminado para siempre. Imaginaba los titulares, los contratos y el respeto de quienes antes lo ignoraban.
Cuando finalmente se cumplió el plazo y la tierra fue removida, una marea humana lo esperaba. Meaney emergió como un espectro, pálido, barbudo y temblando, recibido con la euforia reservada para los héroes de guerra o los santos milagrosos. Dijo haber vuelto del infierno, pero no sabía que el verdadero calvario empezaba en ese instante.
La gloria demostró ser tan efímera como el humo de los cigarrillos que fumaba en su encierro. Los promotores desaparecieron, el dinero prometido nunca se materializó y el Libro Guinness de los Récords ignoró su hazaña porque otro hombre rompió su marca poco después.
Meaney sobrevivió a la tumba, pero no a la indiferencia; regresó a la superficie solo para descubrir que había arriesgado la vida y la cordura a cambio de nada, condenado a desvanecerse en el mismo anonimato del que intentó escapar, con los bolsillos vacíos y el alma llena de sombras.





