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Los métodos higiénicos de culturas antiguas antes de que existiera el papel

Por Daniela Luna
17/02/2026
Foto: La Vanguardia

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En la quietud de un baño público en la antigua Roma, el murmullo del agua que corría por los canales de mármol no solo era una muestra de ingeniería, sino el sonido de la higiene cotidiana.

Hoy, 7 de febrero de 2026, la dependencia del papel higiénico es tan absoluta que su ausencia genera pánico en los supermercados, pero la humanidad sobrevivió milenios utilizando soluciones que hoy parecen sacadas de una novela de supervivencia.

La historia de la limpieza personal es un relato de ingenio, adaptación al entorno y, en ocasiones, de un sentido de comunidad que desafía nuestras nociones modernas de privacidad y asco.

Desde las costas del Mediterráneo hasta las estepas de Asia, cada cultura diseñó su propio protocolo según los materiales que la tierra le ofrecía.

No existían los rollos suaves ni las fragancias químicas, pero sí una comprensión clara de que la limpieza era fundamental para el bienestar.

El viaje por estos métodos antiguos revela que la comodidad es una invención reciente, pero la higiene ha sido una constante preocupación humana.

Lo que para nosotros es un desecho, para un romano era una herramienta tecnológica; lo que hoy consideramos basura orgánica, para un colono americano era un recurso anatómico indispensable.

La evolución de estas prácticas no solo muestra cómo nos limpiábamos, sino cómo entendíamos nuestra relación con la naturaleza y con los demás.

Del tersorium romano a las mazorcas coloniales

El método más famoso y, quizás, el más impactante para la sensibilidad contemporánea fue el empleado por los maestros de la ingeniería sanitaria: los romanos.

En sus sofisticadas letrinas públicas, los usuarios utilizaban el tersorium, una esponja marina atada al extremo de un palo de madera.

Tras cumplir su función, la esponja se enjuagaba en un canal de agua corriente con vinagre o sal y se dejaba allí para el siguiente ocupante.

Aunque compartir este objeto nos resulte impensable, para ellos era un recurso valioso y funcional dentro de un sistema diseñado para la reutilización.

En otros rincones del mundo, la geografía dictaba la norma. Las civilizaciones asentadas cerca de grandes ríos, como las del valle del Indo o el Nilo, optaron por la solución más pura: el agua.

El uso de la mano izquierda junto con el agua corriente se convirtió en un estándar de limpieza que aún perdura en vastas regiones de Asia y Oriente Medio.

Esta práctica fue tan determinante que moldeó las etiquetas sociales, convirtiendo a la mano izquierda en un tabú para comer o saludar, una norma de convivencia grabada por la necesidad de higiene.

En las regiones boscosas de Europa, el musgo seco y las hojas grandes funcionaban como el «papel» de la naturaleza, mientras que en la América colonial se popularizó un objeto sorprendente por su eficacia: las mazorcas de maíz.

Una vez despojadas de sus granos y secas, las mazorcas ofrecían una forma anatómica y una superficie rugosa pero efectiva que se convirtió en el estándar de los hogares rurales mucho antes de que los catálogos de correos fueran sacrificados para el mismo fin.

La seda de los emperadores y el nacimiento del lujo

Mientras gran parte del mundo recurría a piedras lisas, conchas o puñados de heno, en China la historia tomaba un rumbo mucho más refinado.

Ya en el siglo VI, la corte imperial disfrutaba de un privilegio inalcanzable para el resto del planeta: el uso de hojas de papel diseñadas específicamente para la higiene personal.

Para la dinastía Tang, este papel no era una simple hoja basta; era suave, a veces perfumado, y representaba el pináculo del lujo y la distinción social.

La llegada del papel higiénico comercial en el siglo XIX, de la mano de Joseph Gayetty en Estados Unidos, fue inicialmente recibida con escepticismo.

Muchas personas lo consideraban un gasto innecesario cuando los periódicos y almanaques viejos cumplían la función de forma gratuita.

No fue hasta que la fontanería moderna y los sistemas de alcantarillado se estandarizaron que el papel higiénico se volvió indispensable, ya que otros materiales solían obstruir las nuevas y delicadas tuberías.

Mirar hacia atrás nos recuerda que la higiene no siempre fue sinónimo de productos desechables. Las culturas antiguas eran maestras en el uso de recursos renovables y en la gestión de sus desechos sin contaminar su entorno con plásticos.

La próxima vez que vea un rollo de papel, recuerde que detrás de ese objeto cotidiano hay siglos de esponjas compartidas, mazorcas secas y la sabiduría de quienes supieron mantenerse limpios usando únicamente lo que tenían a mano.

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Daniela Luna

Daniela Luna

Periodista.

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