La adolescencia es la época de las grandes transformaciones, pero para los padres, puede sentirse como una pérdida de gravedad. El niño que antes veía a mamá y papá como el centro de su universo, ahora mira hacia afuera, hacia un mundo vibrante y a menudo incomprensible, cuya puerta de entrada son los amigos. Y es justo ahí donde surge uno de los dilemas más comunes y silenciosos: ¿Qué hacer cuando el amigo de tu hijo no te gusta?
La incomodidad es inmediata: «No me gusta cómo se viste, cómo habla, o la actitud que tiene». Esta reacción, explica el psicólogo Stefano de la Torre, director de la carrera de psicología de la Universidad Científica del Sur, es un reflejo de que los padres sienten que pierden el control sobre el entorno emocional de sus hijos. En la adolescencia, el amigo se convierte en un espejo, un constructor de identidad que, simbólicamente, desplaza a los padres de su pedestal. Y ese cambio duele.
El psicólogo Fernando Lamas, de la Universidad San Ignacio de Loyola, va más allá, sugiriendo que el rechazo a menudo no nace del otro joven, sino de lo que despierta en nosotros. Es un eco de nuestras propias heridas: amistades que nos traicionaron, miedos que nunca nombramos o la confrontación con valores ajenos que nos resultan amenazantes. Detrás de esa crítica superficial se esconde un miedo más profundo: a que el hijo se aleje, a que sea dañado por dinámicas de presión o, simplemente, a perder la influencia que antes era absoluta.
La clave está en discernir si la preocupación es instinto o prejuicio. La psicóloga Alexandra Sabal es clara: una alerta es válida si se basa en hechos concretos, como si el amigo impulsa al hijo a faltar al colegio o lo pone en riesgo de forma probada. Pero si el malestar surge solo por apariencias —un tatuaje, la forma de vestir—, estamos ante un prejuicio que refleja más los miedos y las expectativas del adulto que un peligro real.
Entonces, ¿cómo comunicar esa preocupación sin detonar una guerra? La respuesta de los expertos es unánime: hablar desde el «yo», no desde el «tú». En lugar de lanzar una acusación como «tus amigos son una mala influencia», que automáticamente genera rechazo, es más efectivo expresar el propio sentimiento: «Me preocupa cómo te tratan algunos amigos. Siento que a veces no te valoran». Este enfoque desactiva la defensiva y abre un canal de escucha.
En este nuevo paradigma, los padres deben pasar de ser «controladores» a ser «faros», como lo define la psicóloga pediátrica Vanessa Jensen. Un faro que guía, que marca límites claros en temas de seguridad y ética, pero que respeta el derecho del hijo a navegar y, ocasionalmente, a equivocarse. El error, dice Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional, no debe verse como un fracaso, sino como una oportunidad de ensayar la identidad y desarrollar criterio propio.
El desafío final es el equilibrio: proteger de los daños irreversibles, pero permitir los errores que forjan el aprendizaje. Al final, no se trata de amar a los amigos de tus hijos, sino de respetar lo que significan para ellos y recordar que la confianza y el amor sembrados en casa serán el ancla a la que siempre regresarán.





