El paisaje urbano de México, marcado por el grafiti y el paso del tiempo sobre estructuras de metal olvidadas, parecía haber dictado sentencia de muerte a las cabinas telefónicas. Durante décadas, estas casetas fueron el centro neurálgico de la comunicación popular, el refugio de quienes buscaban una voz al otro lado de la línea mediante monedas o tarjetas de prepago. Con la llegada del internet móvil y la hegemonía de WhatsApp, su desaparición se daba por sentada. Sin embargo, en un giro inesperado que desafía la lógica de la obsolescencia tecnológica, la Comisión Federal de Electricidad ha decidido rescatarlas del olvido para convertirlas en una herramienta estratégica contra la desigualdad.
¿Por qué vuelven las cabinas telefónicas?
Bajo la operación de CFE Telecomunicaciones e Internet para Todos, el Estado mexicano ha iniciado un ambicioso programa de reactivación y despliegue de cabinas telefónicas. El objetivo no es competir con el celular en las grandes avenidas de la capital, donde las casetas son vistas a menudo como obstáculos urbanos, sino llegar a los rincones más profundos del país. En estados como Veracruz, Oaxaca y Chiapas, la brecha digital no es una estadística, sino una realidad cotidiana que aísla a comunidades enteras. En estos lugares, la CFE ha instalado cientos de casetas que ofrecen algo que hoy parece un lujo: llamadas nacionales e internacionales totalmente gratuitas.
La iniciativa ha despertado un debate intenso entre los expertos en telecomunicaciones. Por un lado, se presenta como una alternativa confiable para personas mayores o jóvenes en zonas rurales donde la señal de celular es intermitente o inexistente y donde el costo del saldo representa una barrera económica insuperable. Estas nuevas cabinas no requieren tarjetas ni registros; funcionan como un servicio público básico, similar al alumbrado o al agua. Sin embargo, desde sectores académicos y asociaciones de derecho a la información, surgen críticas que califican el modelo de anacrónico. Se cuestiona si invertir recursos públicos en telefonía fija pública es la mejor forma de avanzar en pleno 2026, sugiriendo que el esfuerzo debería centrarse en la alfabetización digital y en la infraestructura de banda ancha.
Una realidad opuesta
Mientras tanto, en las zonas metropolitanas la realidad es opuesta. Telmex conserva por obligación legal cerca de medio millón de casetas, muchas de ellas inactivas y vandalizadas, debido a concesiones firmadas en los años noventa que le impiden retirarlas sin procesos burocráticos complejos. El contraste es casi cinematográfico: en la Ciudad de México se aprueban exhortos para desmantelar miles de estas estructuras por considerarlas chatarra, mientras que en el sureste mexicano se celebran convenios municipales para instalar nuevas versiones de la misma tecnología.
A pesar de las dudas sobre la transparencia del gasto y el volumen real de uso, el proyecto avanza con el respaldo institucional. Algunos analistas sugieren que estas cabinas podrían evolucionar para transformarse en puntos de acceso WiFi gratuitos, combinando la voz con la conectividad de datos. Sería la transformación definitiva de la vieja caseta en un faro digital para los olvidados del sistema.
En definitiva, la CFE está apostando por una nostalgia funcional. En un mundo donde todo parece depender de una aplicación y una suscripción mensual, el regreso de la cabina pública gratuita representa una resistencia física frente a la virtualidad total. Para un abuelo en la sierra de Chiapas que solo desea escuchar la voz de su hijo en el extranjero sin preocuparse por los megabytes o la batería, el regreso de este viejo conocido no es una regresión tecnológica, sino un puente vital que finalmente se vuelve a abrir.
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