En el laberinto de Nueva York, donde la riqueza y la historia convergen, una subasta se convirtió en un campo de batalla de récords, redefiniendo el valor del arte y la provocación. En la casa Sotheby’s, dos piezas diametralmente opuestas capturaron la atención del mundo: una, un eco melancólico y dorado del siglo XX; la otra, un brutal y brillante comentario sobre el presente.
El protagonista indiscutible de la noche fue el “Retrato de Elisabeth Lederer” de Gustav Klimt. Más que una pintura, esta obra es un testimonio de supervivencia. Pintado entre 1914 y 1916, el lienzo de casi dos metros muestra a la hija de una de las familias más acaudaladas de Viena, envuelta en un suntuoso manto de inspiración oriental. Es uno de los escasísimos retratos de cuerpo entero del artista austríaco que aún permanecen en manos privadas, un fragmento de una época que la guerra aniquilaría.
La historia del retrato es un drama humano. Cuando la Alemania nazi anexionó Austria en 1938, la colección de la familia Lederer fue saqueada. Milagrosamente, el retrato de Elisabeth se salvó. Los nazis lo consideraron «demasiado judío» para robarlo, o quizás simplemente fue un descuido providencial. En un acto de desesperación y astucia para salvar su propia vida, Elisabeth se inventó una coartada: difundió el rumor de que Klimt, quien había muerto en 1918, era su padre. La minuciosa dedicación del artista al retrato, que le tomó años, abonó la mentira. Con la ayuda de un documento falsificado, logró permanecer a salvo en Viena hasta su muerte en 1944.
El cuadro, que evoca una Viena de ensueño y riqueza truncada, no es solo un objeto de arte moderno; es un relicario de resiliencia. La guerra de pujas por esta obra maestra se extendió durante veinte minutos, un espectáculo de adrenalina que culminó con un precio asombroso de $236.4 millones de dólares, pulverizando el récord anterior para cualquier obra de arte moderno.
Pero la velada reservaba un giro de tuerca, un golpe de teatro para la era de la opulencia. Junto a las obras de Klimt, Van Gogh y Munch, se subastó una pieza del artista italiano Maurizio Cattelan, conocido por su humor negro y sus críticas incisivas. Se trataba de «America», un inodoro completamente funcional, fundido en oro macizo de dieciocho quilates.
La escultura de 101 kilogramos es una sátira, un espejo dorado de la superriqueza. Como el propio Cattelan señaló, en la necesidad biológica, todas las personas son iguales, sin importar si han almorzado un hot dog de dos dólares o un manjar de doscientos. La obra, que antes se exhibió en el Guggenheim y fue robada de la mansión donde nació Winston Churchill, se vendió por $12.1 millones de dólares. Fue un comentario incisivo, pagado a un precio obsceno, sobre la colisión entre el arte como valor y el arte como mercancía. En esa noche de récords, la luz del arte se reflejó de dos maneras: en la historia dolorosa y gloriosa del retrato de Elisabeth Lederer, y en el brillo vulgar y cínico de un retrete de oro.





