En la última década, la proteína ha pasado de ser un simple nutriente en la pirámide alimenticia a la estrella indiscutible de las góndolas y los gimnasios. El mercado nos bombardea con galletitas, yogures, panes e incluso agua «proteinificada», prometiendo un camino directo hacia la salud, la saciedad y el músculo. Pero, en esta euforia por lo fitness, hemos olvidado una verdad fundamental que los especialistas en nutrición se apresuran a recordar: más proteína no siempre significa mejor salud.
La nutrióloga y especialista en salud intestinal, Amy Burkhart, es tajante: «La dieta occidental promedio ya contiene suficiente proteína». La creencia de que necesitamos un exceso para prosperar es un mito, y según la gastroenteróloga Lisa Ganjhu, muchas personas están aumentando su consumo mucho más de lo necesario, empujadas por las tendencias de internet.
El cuerpo, en su infinita sabiduría, tiene formas muy claras de decirnos cuando estamos cruzando la línea. Prestar atención a estas señales no es una opción, sino una necesidad si queremos mantener nuestro equilibrio interno.
La primera señal que el cuerpo emite es sutil, pero inconfundible: un mal aliento persistente. Cuando saturamos la dieta de proteína y reducimos drásticamente los carbohidratos, el cuerpo entra en un estado de cetosis, quemando grasa como fuente de energía ante la falta de glucosa. Este proceso, aunque popular en ciertas dietas, produce un subproducto llamado «aliento ceto», un olor seco y fuerte que el cepillado no logra disimular.
El segundo indicador lo encontramos en el estómago. La doctora Burkhart explica que «la proteína puede ser difícil de digerir en grandes cantidades». Si, además, hemos sacrificado la fibra (presente en frutas, legumbres y cereales) para hacerle espacio a las barras y batidos, el sistema digestivo se resiente. El resultado es un desorden incómodo y contradictorio: podemos sufrir de distensión y estreñimiento por falta de movimiento intestinal, o, por el contrario, experimentar diarrea si el cuerpo lucha por procesar la carga.
El tercer aviso viene de los riñones y se manifiesta como una sed insaciable o incluso deshidratación. Al metabolizar el exceso proteico, el cuerpo genera urea, un residuo que los riñones deben filtrar y expulsar. Cuanta más proteína consumimos, mayor es el trabajo renal y más líquido se requiere para arrastrar ese desecho. Si notas que orinas con mayor frecuencia, que tu boca está constantemente seca o sufres dolores de cabeza inexplicables, es probable que tu cuerpo esté pidiendo agua a gritos para proteger tus riñones.
Finalmente, y quizás la señal más frustrante, es el aumento de peso involuntario. Asociamos la proteína con el músculo, pero olvidamos que también aporta calorías (cuatro por gramo). El exceso calórico, advierte Burkhart, «se convierte en grasa independientemente de su origen». Es un error creer que solo por consumir más proteína construiremos músculo; para eso, se requiere un entrenamiento adecuado y un balance nutricional completo.
La clave, según la nutricionista Alma Palau, no es obsesionarse con la proteína extra, sino alcanzar el equilibrio natural: entre 0,8 y 1 gramo por kilo de peso corporal al día para un adulto sano. Dejemos de depender de productos enriquecidos y volvamos a las fuentes naturales (huevos, pescado, legumbres), asegurándonos de que cada plato contenga la fibra y los carbohidratos que permiten que esa proteína trabaje eficientemente. En última instancia, el mejor nutricionista es nuestro propio cuerpo, y si escuchamos sus quejas, podremos salir de la moda proteica y volver al camino de la salud.





