Durante casi doscientos años, la ciencia vivió bajo la sombra de una verdad asumida sobre la luz. Desde que Michael Faraday describió su famoso efecto en 1845, la comunidad científica dio por sentado que solo la componente eléctrica de la luz era la responsable de su asombroso ballet al atravesar ciertos materiales magnéticos. Era un dogma incuestionable: la luz giraba, y la electricidad era la única bailarina principal.
Pero la historia de la física está llena de momentos en que un foco de luz bien dirigido revela un secreto guardado durante siglos. Y ese momento ha llegado, cortesía de un equipo de investigadores audaces de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que se atrevieron a cuestionar una creencia que llevaba 180 años intacta. Su hallazgo no es solo una corrección; es una revolución que reescribe la propia naturaleza de cómo la luz interactúa con la materia.
El corazón del misterio radica en el Efecto Faraday, el fenómeno por el cual el plano de polarización de la luz rota al pasar por un material sometido a un campo magnético estático. Siempre se consideró que el campo eléctrico de la luz hacía todo el trabajo pesado. Sin embargo, el Dr. Amir Capua y sus colegas han demostrado, mediante cálculos que exploran la compleja ecuación de Landau-Lifshitz-Gilbert, que el componente magnético de la luz, ese gemelo silencioso, no es un mero observador.
«La luz no solo ilumina la materia, sino que también la influye magnéticamente», explicó Capua. Es una interacción profunda y hasta ahora invisible, donde la luz no solo es percibida, sino que también ejerce una fuerza. Funciona generando un torque magnético, una pequeña torsión en el material, similar a la que ejerce un imán tradicional.
Para cuantificar esta influencia oculta, el equipo aplicó su modelo teórico a un cristal, el Garnet de Galio Terbio, un material estándar en los estudios del Efecto Faraday. Los resultados fueron impactantes. En el espectro visible, el componente magnético de la luz era responsable de casi la quinta parte de la rotación observada, alrededor de un diecisiete por ciento. Pero en las longitudes de onda del infrarrojo, su protagonismo se disparaba, llegando a ser responsable de hasta un setenta por ciento de la rotación.
Este descubrimiento es un eco a nivel fundamental, con vastas implicaciones tecnológicas. Como destacó el co-investigador Benjamin Assouline, la luz está «hablando» con la materia no solo a través de su campo eléctrico, sino también de su campo magnético, un canal de comunicación que ha estado inexplorado hasta ahora. El hallazgo promete abrir fronteras en la óptica, el almacenamiento óptico de datos y, crucialmente, la spintrónica y las tecnologías cuánticas. Imaginen la posibilidad de controlar el magnetismo de los materiales con pulsos de luz, o computadoras cuánticas que manipulen el spin con una eficiencia sin precedentes. Un secreto de casi dos siglos ha sido finalmente revelado por una nueva mirada a la luz, recordándonos que incluso en la física más establecida, siempre queda algo extraordinario por descubrir.





