El silencio del cosmos es una ilusión. En realidad, el universo es un escenario de eventos tan violentos que desafían nuestra comprensión de la física.
A principios de febrero de 2026, la comunidad científica aún procesa los datos de un fenómeno que sacudió los detectores espaciales meses atrás: el GRB 250702B.
Se trata de un estallido de rayos gamma cuya magnitud no reside solo en su brillo, sino en una persistencia que nadie esperaba encontrar en las profundidades del espacio.
Todo comenzó con una alerta automática en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. Los instrumentos del Telescopio Espacial Fermi captaron un pulso de radiación de alta energía.
Lo que usualmente es un destello de pocos segundos o minutos, esta vez se convirtió en un maratón cósmico.
La señal no se apagaba. Durante siete horas consecutivas (unos 25,000 segundos), la fuente bombardeó los sensores con una intensidad que rompió todos los récords anteriores.
Para los astrónomos de turno, la sorpresa fue total. Los estallidos de rayos gamma son las explosiones más potentes del universo desde el Big Bang, pero su naturaleza suele ser efímera.
Detectar una señal que dura casi un tercio de un día terrestre no es solo un hallazgo estadístico; es una anomalía que obliga a reescribir los manuales de astrofísica, sugiriendo que hay motores cósmicos que aún no hemos terminado de comprender.
El misterio de las siete horas y los límites de la física
La duración extrema del GRB 250702B es lo que tiene a los investigadores desconcertados. Tradicionalmente, la ciencia reconoce dos caminos para estas explosiones: el colapso de una estrella masiva que forma un agujero negro o la colisión de dos estrellas de neutrones.
Sin embargo, ninguno de estos procesos conocidos puede alimentar un chorro de energía tan potente durante siete horas seguidas. El combustible debería agotarse mucho antes.
Para explicar este récord, los científicos han tenido que proponer teorías novedosas. Una de las más aceptadas actualmente sugiere un proceso de canibalismo estelar extremo: una fusión de helio.
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En este escenario, un agujero negro orbitaría una estrella de helio que ha perdido su capa externa de hidrógeno.
Al expandirse la estrella, el agujero negro quedaría atrapado dentro de su envoltura, devorándola desde el interior.
Este festín gravitatorio transferiría una cantidad masiva de momento angular al agujero negro, permitiéndole sostener un chorro de radiación durante un tiempo prolongado.
Es una danza mortal donde una estrella es consumida rápidamente por su compañero oscuro, generando un faro de rayos gamma que viaja por el vacío hasta chocar con nuestros satélites.
Una nueva ventana hacia el universo invisible
Detectar estos eventos de duración extrema no es fácil. Los telescopios espaciales están diseñados para cazar destellos rápidos y brillantes, por lo que las señales más tenues y largas suelen pasar desapercibidas o confundirse con el ruido de fondo galáctico.
El GRB 250702B ha demostrado que podríamos estar perdiéndonos una parte vital de la historia del universo simplemente porque no estábamos mirando con la paciencia necesaria.
La investigación ahora se centra en preparar la próxima generación de instrumentos.
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Con el lanzamiento previsto para 2027 del espectrómetro y generador de imágenes Compton (COSI), la NASA busca equipar a la ciencia con herramientas capaces de captar estos «maratones» de radiación.
Entender por qué algunas explosiones duran segundos y otras horas es fundamental para trazar la evolución de los agujeros negros y la muerte de las estrellas en las galaxias más lejanas.
El estudio de estas señales es una carrera contra el tiempo y la distancia. Cada fotón de alta energía que llega a la Tierra es un mensaje de un evento que ocurrió hace miles de millones de años.
Al descifrar el secreto detrás de las siete horas de furia del GRB 250702B, los astrónomos no solo descubren cómo muere una estrella, sino que encuentran nuevas leyes en la arquitectura de lo invisible.





