El cosmos acaba de revelar una de sus cartas más intrigantes en este inicio de 2026.
A unos 150 años luz de distancia, en los densos campos estelares de la Vía Láctea, la NASA y un equipo internacional de astrónomos han fijado su mirada en un punto minúsculo pero prometedor.
Se trata de HD 137010 b, un mundo que ha sido descrito como un «casi gemelo» de la Tierra y que, según los modelos actuales, posee un 50% de probabilidad de albergar las condiciones necesarias para la vida.
Este hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Astrophysical Journal Letters, no es un descubrimiento más en la larga lista de exoplanetas.
HD 137010 b es apenas un 6% más grande que nuestro hogar, lo que lo sitúa en una categoría física extremadamente similar a la nuestra.
Sin embargo, su ubicación y la naturaleza de su sol dibujan un escenario que desafía las fronteras de lo que la ciencia considera habitable.
La comunidad científica, liderada por el investigador Alex Venner de la Universidad del Sur de Queensland, observa con cautela este nuevo mundo.
Aunque se encuentra en la «zona habitable» —la distancia justa respecto a su estrella para que el agua no se congele ni se evapore—, la realidad de HD 137010 b es mucho más gélida y misteriosa de lo que su apodo de «gemelo» podría sugerir.
Un desierto de hielo bajo un sol frío
HD 137010 b orbita una estrella considerablemente más fría y tenue que nuestro Sol.
Debido a esto, a pesar de encontrarse en una posición orbital que nos recuerda a la de Marte, el planeta recibe menos de un tercio de la luz y el calor que baña a la Tierra.
El resultado es un mundo envuelto en un invierno perpetuo, con temperaturas superficiales que alcanzan máximas de -68 °C.
Estas condiciones lo convierten en un espejo de Marte, un planeta rocoso donde la atmósfera juega un papel crítico.
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Si HD 137010 b posee una atmósfera densa capaz de generar un efecto invernadero potente, ese 50% de probabilidad de habitabilidad podría inclinarse a su favor, permitiendo la existencia de agua líquida bajo su superficie helada o en regiones ecuatoriales protegidas.
El autor del estudio reconoce que este planeta se encuentra «en el límite de lo que consideramos posible».
Es un mundo fronterizo, una prueba de fuego para los modelos astrobiológicos que intentan determinar hasta qué punto la vida puede adaptarse a la escasez de energía estelar.
La luz allí sería perpetuamente crepuscular, un eterno atardecer sobre un paisaje que aún no sabemos si es de roca desnuda o de océanos congelados.
La búsqueda de la confirmación definitiva
A pesar del entusiasmo, HD 137010 b mantiene actualmente el estatus de «candidato».
Esto significa que, aunque las señales detectadas son sólidas, se requiere una batería de nuevas observaciones para confirmar su existencia y desentrañar los secretos de su composición.
El telescopio espacial James Webb y los nuevos observatorios terrestres de 2026 serán las herramientas clave para analizar su atmósfera en busca de biofirmas.
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El siguiente paso crucial para los astrónomos es determinar si existe vapor de agua o dióxido de carbono en su aire.
Estos elementos no solo confirmarían su potencial para albergar vida, sino que explicarían cómo un planeta tan alejado de la calidez de una estrella tipo G (como nuestro Sol) podría mantener un ecosistema activo.
HD 137010 b es un recordatorio de que el universo está lleno de mundos que se parecen al nuestro, pero que bailan bajo reglas ligeramente distintas.
Cada dato nuevo que llega desde esos 150 años luz de distancia nos acerca a responder la pregunta más antigua de la humanidad: ¿estamos realmente solos en este inmenso vecindario galáctico?





