El silencio profundo de los pastizales del norte argentino, que se prolongó por más de un siglo, finalmente se ha roto.
En este inicio de 2026, el Parque Nacional El Impenetrable, en la provincia de Chaco, es el escenario de un hito que la ciencia y la conservación califican de épico: el regreso del guanaco.
Tras 110 años de ausencia total en la región, el gran camélido sudamericano ha vuelto a pisar el suelo del Chaco Seco, marcando el fin de un exilio provocado por la caza intensiva y la degradación de su hábitat.
La operación para traer de vuelta a este mamífero no fue solo un traslado; fue una travesía titánica que ya se considera la translocación terrestre con fines de conservación más larga del mundo.
Liderada por la fundación Rewilding Argentina, junto a Parques Nacionales, la misión implicó mover ejemplares desde las frías estepas de Santa Cruz, en el extremo sur del país, hasta el corazón ardiente del monte chaqueño.
Este regreso no es un hecho aislado, sino una pieza fundamental para reparar un ecosistema que se desmoronaba.
Durante décadas, la falta de este herbívoro permitió que los pastizales se degradaran y que los incendios forestales se volvieran más feroces. Hoy, los ojos de los conservacionistas están puestos en estos pioneros que tienen la misión de «jardinear» nuevamente el norte argentino.
Una travesía de 3.200 kilómetros por la supervivencia
El operativo logístico diseñado para esta reintroducción parece sacado de una película de ingeniería.
Los guanacos fueron seleccionados cuidadosamente en el Parque Patagonia, en Santa Cruz, basándose en estudios de monitoreo genético para asegurar que los individuos fueran los más aptos para fundar una nueva población.
El desafío era monumental: cruzar casi todo el continente sudamericano por tierra, atravesando climas y paisajes radicalmente opuestos.
Para garantizar el bienestar de los animales, se diseñaron tráilers de alta tecnología, acondicionados con sistemas de regulación de temperatura y monitoreo constante.
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Cada vehículo permitía separar a los animales según su cohesión social, evitando el estrés del viaje.
Durante los 3.200 kilómetros de recorrido, los guanacos recibieron vacunas y desparasitantes mediante sistemas automáticos, asegurando que llegaran a su nuevo hogar en condiciones óptimas.
Al llegar a El Impenetrable, los animales no fueron liberados al azar. Pasaron por un periodo de «presuelta» en corrales especiales para adaptarse a la vegetación nativa y al calor del Chaco.
Fue un proceso de aclimatación lenta, donde el instinto del camélido tuvo que reconocer un entorno que sus ancestros dominaron hace más de cien años, pero que para ellos era completamente nuevo.
El «arquitecto» que el monte necesitaba
La importancia del guanaco en El Impenetrable va mucho más allá de lo simbólico; es una cuestión de funcionalidad ecológica.
Como grandes herbívoros, estos animales cumplen un rol que ninguna otra especie puede reemplazar.
Al alimentarse de la vegetación seca, actúan como un sistema natural de prevención de incendios, reduciendo el combustible que suele alimentar las llamas en las épocas de sequía.
Además, el guanaco es un gran distribuidor de vida. A través de sus desplazamientos, redistribuye semillas, nutrientes y carbono, promoviendo la diversidad vegetal y la regeneración del suelo.
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Al reincorporarse a la cadena trófica, también ofrece una fuente de alimento vital para depredadores y carroñeros, reestableciendo eslabones perdidos que mantenían el equilibrio del ecosistema chaqueño.
Con esta reintroducción, Argentina no solo recupera un mamífero perdido; recupera la esperanza de restaurar un millón de kilómetros cuadrados de Chaco Seco que sufrían de una profunda «defaunación».
Hoy, mientras los primeros guanacos exploran los senderos de El Impenetrable, el monte parece respirar de nuevo, celebrando el regreso de su antiguo arquitecto tras más de un siglo de olvido.





